La textura de los margenes (Gustavo Galuppo)

La textura de los margenes
Gustavo Galuppo

Algunas ideas esbozadas a partir de Los pernoctantes

Los pernoctantes es una película nocturna (aunque muchas de sus secuencias sucedan de día). Y la cuestión inicial es, de algún modo, simple. Los que duermen en la calle, los que han quedado excluidos de todo. Los desposeídos. Los “locos”. Los “idiotas”. Esos que han perdido toda oportunidad de establecer lazos funcionales con una sociedad en la cual todo es parte de un mecanismo mercantilizado hasta la más clara vejación concensuada. Estas personas, estos cuatro seres “retratados”, viven al margen de toda posibilidad de integración a esa maquinaria instituida desde la barbarie. Son, de algún modo, esos “otros” que habitan nuestro mismo espacio,  las mismas calles, el mismo escenario de la misma “representación” del poder.

La primera imagen, en esta película,  es la de una valla, o lo que se supone un fragmento de una especie de andamio o estructura de construcción que, aquí, en el encuadre, hace, igualmente,  las veces de tal barrera. Separación. Distancia. Estamos del otro lado. Pero, ¿del otro lado de qué? O más aún, ¿de qué otro lado? ¿Adentro o afuera? O, ¿cuál es el adentro y cuál es el afuera allí, en ese territorio que aún no ha sido definido por la imagen y su consecuente construcción del espacio? Poco después un paneo nos ubica. La cámara recorre lentamente un trayecto hecho de texturas irreconocibles, de formas vagas, y recala ahí, en la textura de una piel, fragmento de un rostro que suponemos (sólo lo vemos en parte) acosado por la intemperie y la posible “mala vida”; pero un rostro al que una voz off ha comenzado a darle una integridad y una identidad. En ese instante, en ese arranque algo desestabilizador, estamos finalmente de ese lado. Del lado de lo “otro”. Del lado de los márgenes. En el sitio de la exclusión brutal. Y es partir de allí que Los pernoctantes pone en juego esa especie de trampa (y trampa en el buen sentido; en el sentido de que siempre hay algo del juego con la trampa en la buena representación del cine). Nosotros, espectadores, nos movemos a partir de entonces en un territorio algo incierto. Entra la distancia y la cercanía. Entra la pertenencia y la exclusión. Entra la actitud de una cámara “vigilante” (esa vigilancia inhumana, omnipresente, del ojo tecnológico dispuesto en todas partes para registrar lo intrascendente, sin nada extraordinario que reportar) y la cercanía abrupta posibilitada por la conciencia de esa irrupción, de esa presencia. Un texto dicho, una mirada a cámara, un gesto interpelante sostenido hasta lo inadmisible, rinden cuentas de esa posible complicidad, ese estar ahí y no a lo lejos. Y el juego se rompe o revela al menos su mecanismo dejando pasar una huella, una marca; un grado de lo inmanejable de “lo real” que hace tambalear a la imagen.

Y es allí, donde algo de lo real deja un trazo visible en la imagen, una huella evidenciada en la imperfección, en una especie de imposibilidad, en la fragilidad de una superficie-pantalla que se rinde y se deja modelar por los avatares de la intemperie (sobre todo) nocturna, contra toda dimensión espectacular, contra todo intento de maquillar la desgracia o la injusticia (siempre, claro, más esta última que la primera). Ese grano (“el grano de lo real”, diría Pascal Bonitzer), esa carencia de luz, esa imagen imperfecta (agobiada también por los ruidos, dimensión sonora de la calle que no se evita ni se limpia), se convierte en la textura palpable de la situación registrada, en la certeza de su existencia concreta en el mundo extra cinematográfico. Y es ese ruido audiovisual, el grano-video (esa imperfección electrónica) hinchado por la noche y el sonido ambiente inusualmente invasivo, lo que traza y marca en la imagen la violencia del gesto con el cual se ha permitido que lo real se manifieste a través de  la “realidad” técnica de las máquinas, en el propio registro de la cámara-ojo que asume las características irreductibles de sus límites y su presencia. Es como si la imagen, en este caso, y a diferencia de las posturas más corrientes del cine documental, se haya hecho visiblemente permeable a lo externo, a sus accidentes y a sus dificultades, dejándose moldear un poco por ello en lugar de establecer el procedimiento inverso, el de modelar (para domesticar, podría decir Jean-Louis Comolli) la imagen de lo real a partir de la intervención ficcionalizante del cine. Y además subyace algo brutal en ese mismo gesto, en esa especie de abandono pautado de lo imperfecto, en esa incorporación de la inclemencia del espacio y del tiempo, en esa aceptación de una relación bruta y casi desprolija (y digo casi, allí están la exacta programación de cada encuadre y la disposición de los colores) entre la realidad y el aparato de registro (esa imagen rota, urgente); una decisión que en un mismo movimiento desestabiliza e interpela al espectador. Aquí se ha barrido, de cierta manera, con ese velo aligerado que la representación ficcionalizante de la imagen-cine (en el llamado documental) impone a la visión de lo otro para mantenerlo siempre en ese terreno tranquilizador del cine como tal, como ficción, como lo ajeno, aún en lo documental. Una cuestión de límites, entre lo llamado cine documental y cine de ficción.

Y hay también, más allá de la concepción de esa textura de la imagen urgente, una idea en la estructura de Los pernoctantes que ronda con los visos de lo inacabado, de lo “en bruto”; de casi lo azaroso y lo no intervenido (otra vez, esa mirada tecnológica “vigilante” que reporta sucesos donde en apariencia no los hay, así, en bruto, y sin fin). Y allí, otra vez, ese juego: la idea de esa cámara vigilante que rinde cuentas indiscriminadamente de lo intrascendente, que sostiene la imagen de los momentos en los cuales nada hay para decir, para contar, para significar más allá de la evidencia de lo mostrado (no hay puesta en escena más allá de la decisión de un encuadre). Y es, justo allí, en esa fragmentación débilmente narrativa de la experiencia, en ese discurrir sobre la “nada”, donde este entramado de voces e imágenes agrega también un plus violento a aquel “grano de lo real”. Nosotros, nuevamente, espectadores, estamos allí, en ese preciso instante, en ese lugar. Y no hay ya rasgos de una puesta en escena cinematográfica reconocible o asimilable que territorialize la experiencia de la cercanía o la distancia, o de la pertenencia o la exclusión. La experiencia de esta imagen y de su inclusión dentro de una estructura narrativa posible, pone en juego y en evidencia esa relación cercana y lejana de uno (espectador) con lo otro (los pernoctantes). Estamos allí, en la textura  palpable de su realidad, de las mismas calles y de los mismos espacios, en ese “grano de lo real” que quiebra brutalmente toda barrera, pero a la vez, y fatalmente, estamos afuera, tras las vallas, del lado de esas ventanas que se cierran y de esas rejas de un garage que se bajan automáticamente tras la salida de un coche último modelo.

Pensar, finalmente,  la puesta en forma de Los pernoctantes, implica, de algún modo, poner en perspectiva la puesta en escena de todo “lo otro”, de los márgenes y de nuestra posición frente a ellos. Entonces, ¿cómo mirarlo-representarlo? ¿Desde qué lugar? ¿Con qué límites?

No hay, aquí, respuestas ni vocación doctrinaria. El final de la película es acorde a la estructura propuesta de aquello inacabado, de lo “en bruto”, de esa “mala vida” que no tiene sosiego en una coyuntura política determinada. La aparición de los créditos finales no cierra nada, no clausura ninguna historia, apenas pone un límite a la duración de la mirada construida. Tal vez no sea un “Fin”, sino un “Sin Fin”, como en aquellas visiones poéticas de (José) Val del Omar. Y es que Hernán Khourian, coordinador del proyecto, ha sabido en toda su obra construir la idea de un proceso interminable, de una mirada que se enuncia y se pone en crisis en el propio acto de mirar(se), de una búsqueda sin límites precisos, de un fracaso del cine frente a lo real que, paradójicamente, da como resultado el logro de sus más elocuentes y desestabilizadoras construcciones.

en: http://el7continente.wordpress.com/2011/06/05/la-textura-de-los-margenes/

 

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